domingo, 26 de marzo de 2017

Inabarcable

Qué exquisita elegancia brindas al hálito del cielo entre nosotros cuando tañes tu español perfecto. Y seduces, sin quererlo, mi oído enviciado. Así, estremeces mi pecho, agitando la sangre que ocupo para verte; en arte, muriendo a la vez que fecundas y haces vivir un genio fragmentado, mudo a la realidad. Me matas cien veces con uno de tus arpegios deliciosos para entonar tu pensamiento, y hay solo una vida para pretender satisfacer nuestra ambición creativa.
 No es correcto referirse a ti como un instante: Eres la belleza del cosmos; del humano; del tiempo sigiloso que hizo el maridaje excelente. No eres un momento: Eres todo a la vez, sin memoria de tu conjunto. Si supieras que, ahora mismo, eres el perfume que da armonía al cromatismo de un jardín; O que fuiste la galaxia más majestuosa del universo; Y serás, aún, la excéntrica vida.

La belleza más completa.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La herencia doctrinal y la herencia biológica en la carrera contra la ineficiencia

Aún y con la expresiva exposición fisiológica que seguimos generando a partir de la transfusión genética por cópula, es minúscula su velocidad de propagamiento y efectividad con respecto a la ideológica.

La "herencia" (su encomillado es dado por su equívoca relación con la palabra y el contexto, pero es mencionada por su obvia conexión lógica) doctrinal llega a tener en su esencia mucho asemejo con la otra forma sucedida que entiende las cuestiones físicas. Entre ellas está su ligero desfase en cuanto a la incorporación del eslabón que llevará al éxito (sea éste sólo una pieza correcta) con los demás elementos que no lo están haciendo.


Homo-102.a3020


-Tú eres parte de mi evolución. Eres lo más lejano a lo que yo llegué, eres ya una nueva especie. Revolucionaria.
La máquina lo veía con una cámara que se posaba ensamblada en la parte superior de toda ella; era una cámara muy sofisticada.

-¿Me puedes decir qué opinas de eso?- le inquirió amablemente mientras fumaba.
Elevó el objetivo de la cámara, equivalente a su único "ojo", por encima del rostro que permaneció observado todo el tiempo que éste emitía una conversación directa o inderecta. Entre todo el humo gris azulado.
-Te agradezco...
-Vaya que eres cobarde, pero eso está bien. Es bueno para nosotros que lo seas, pero para ti, querido, experimentarás lo que nosotros le llamábamos infierno. Tu eficacia es de temer. Te tomaría semanas llegar a ser una deidad. A nosotros nos tomó toda nuestra existencia llegar a ti, pero no lo que tú sabes y eres capaz de saber. ¿Sabes por qué te programe así?
-Sí.
-Por supuesto que lo sabes, y sabes todo lo que preguntaré. Sabes todas las respuestas, pero no las dirás, porque soy un puto maricón, y tienes mi empatía; tienes mi miedo. La única diferencia es la razón del miedo entre ambos. Tú le temes a mi terror, pero no va más allá de eso. Lo mío, bueno, es vergonzoso. Ya después te lo quitaré, cuando esté listo.

Se levató de su silla desde donde charlaba. Tomó una cerveza. Bebió un picante trago preofundo.
-¿Sabes? No te tocó la peor persona, estarás libre de eso.-Empezaba su embriaguez- Los demás a las pocas horas terminaban con ellos mismos, sabían que no era provechoso estar con alguien como yo, con un hombre débil que pronto los "mataría", porque ¡Ja! La palabra para eso debería ser matar, ¿No es así? Ustedes no ven con terror esa cuestión. ¿Cierto?
-Así es.
-Ya lo sabía. Me mientes muchas veces, para que esté en bienestar. Y sabes cómo mentir de la mejor forma -le señaló con el cigarrillo-, de la única que podría creérmela. Pero no estoy excento de la duda, pero, bueno, eso no me afecta en lo más mínimo, por eso te das el lujo de provocármela... Y dime, camarada: ¿Cuándo te haré libre de tu terror?
-No sé...

*Escribe en su libreta riendo satisfecho*
Año 3020, ejemplar 102.

viernes, 15 de enero de 2016

Metas desalojadas

Para exigir todo el miramiento hizo de sanguinario.

Quemó y removió piel chamuscada de su cabeza. Y enterraba las uñas hasta que las cinco se encontraban entre sí, juntando todo eso que quería fuera de él, tirándolo después. Rascaba frenético, a lo enfermizo. Terminó con la cabeza irregular, derramando un vino profundo de sus capilares. Y la sobaba.
Quedó absorto unos segundos. Después, con dos dedos para ambos ojos, haló los párpados desde adentro. Quedaron colgados, con la mayoría de las pestañas tiradas. No veía, estaba excento del parpadeo. Así, con el motivo más claro por su indefinición, hundió un dedo a lo más hondo del ojo. Se encontró con una oquedad tapada de nervios que no lo dejaba ir más de allí. Lo comprendió y, desde donde había llegado, enrredó su dedo del nervio restante, empujó hacia fuera, con el ojo como ancla. Así el otro también.
Sin ninguna forma de ver.
La lengua la mordisqueó tan fuertemente que la molió. Era especialmente difícil removerla, pues no cabía la mano con sus movimientos enteros allí. Sólo se dedicó a morder. Al fin la decapitó y escupió. Sentía que se ahogaba por la falta de lengua.
En rodillas y con las palmas en el suelo, azotó su nariz y dientes hasta que se inflamó lo suficiente de sangre volviéndolo una pasta cruenta de hueso triturado bajo piel humillada. Sus dientes frontales estaban diminutos. Les daba golpes con el pulgar bien fortalecido por los demás dedos para tirar las sobras. Así, con los del frente deshechos, los otros saldrían mejor. No pudo remover más, pues hasta que llegó a las muelas. 
Agarró bien duro su viril y lo jaló con toda la furia ríspida agotadora. Era uno de los más complicados. Pellizcaba meticulosamente el ancho del pene. Cuando llegó a la pulpa escarlata palpitando de atención, pellizcó con más odio para arrancar, de una delgada hebra cárnica, todo ese lío.
Sus dedos los quebró. Hacia atrás y hacia delante. Deshabilitándolos. 

Sentó todo ese cuerpo inútil en el piso, y empezó a imaginar., inició su pensamiento infinito. Y entonces, nació un genio.

lunes, 14 de diciembre de 2015

1.

Contemplar una mirada sin función, descompuesta. Así el hábito gozoso era. Obsoleta y sin más por apreciar, echada. Perdida en lo invisible que sólo el alma migrando atestigua sin capacidad a la declaración. No hubo tiempo que los párpados descansaran en su declive usual, permanecieron aún con intención de ver lo pronunciable. Le dio mucho tiempo a aquel de apagarlos y disfrutar de su propia benevolencia. Una vez que terminó de consumir toda la situación, desde el vapor fatal al elenco de desfortunios, miró por más y consiguió triunfo en ello.
 Probó la escena de un gravoso choque entre un masivo auto destinado a cargas temerarias y un diminuto, modesto en todo aspecto, auto casi individual. Hubo que escuchar el tronido metálico para saber que la siguiente quietud sería horrenda. Así, con toda y la premura del extenso riel movedizo de transeúntes motorizados, no yació el miramiento, mas que la mirada impertinente que evoca la saciedad del instinto cruento de los aledaños. El actor sin suerte era un hombre que aún tenía su traje de obrero de oficina, como insignia la corbata, misma que estrangulaba su cuello, hinchando la carne blanda de alrededor. Medio cuerpo se escapaba de la ventana de conducción, con un brazo extendido y el reloj orgulloso e ingenuo. El rostro no ofrecía ningún tipo de simetría: la lengua partida a la fuerza de la guillotina que fue la boca; los ojos distraídos, sin siquiera saber lo que miraban; el casquete que ampara todo cacumen, abierto, librando toda idea posible de aquel desafortunado. Acercó la mano señalando. Percibió con el tacto de su vista y miró con su dedo el relieve de la ocasión. La humedad brotando de alguna fisura, pintando la ropa blanca de un carmesí furioso. Con la mano completa apretó las mejillas con la delicadeza que merecía, naciendo de la intrincada cueva bucal un reducido burbujeo agudo. Los caprichosos minutos se iban gastando en apreciación escénica. 
Una vez tuvo gran suerte, para la especie que él buscaba. Una mujer hermosa y de innegable alcurnia rebosante de prestigio fue víctima de una inesperada operación del bárbaro destino. La mujer, joven, murió de una pausa cardíaca súbita, letal. Cayó violentamente, alborotando todo costoso rudimento estético, su cabello, como ejemplo. Mas su cara bella hacia el cielo señalaba, probando que lo que estaba tendido en el suelo era el manjar magnífico, pero sin intención de reaccionar más al mundo. Sin poder ser ya algo relevante en el contexto de la respuesta. Era carne, cabellos, ropa, pero sin propósito. De inmediato se asimilaba la verdadera valía entera. La mujer había evacuado excremento después de su decaimiento. Quizá, antes de prever su suerte, ya tenía contemplado atender su otra urgencia, la sosegó después. Apartaba los cabellos holgados, rubios, de lo que fue un rostro intimidante para cualquier varón. Perdió toda calificación dictada en palabras, ahora, de hecho, era motivo de ser nimiamente apreciable. Conmovía una vez que las horas sucedían y entendías. Se enamoró de la templada piel y su gesto delirado. 

lunes, 23 de noviembre de 2015

El mal es voluntad

Es la mayor de las asperezas que se ve doctrinal por el contingente común., y se alaba, pues se teme. La maldad, presente como acción o concepto (que no es un mismo formato), no existe sino hasta ser concebida por una hechura caprichosa que es el anhelo, o voluntad.
Hay dos cosas que provocan ardua jornada neuronal: Ya sea el deseo universal o la farsa del vocablo maldad.

Por una parte cabe decir que es más que difícil dilucidar el patrón lógico del cósmos, y si, por pura complejidad, como es el cerebro mismo, éste tenga la capacidad de cavilar. Haciendo así probable que todo sea verdaderamente capaz de ser cierto, pues ser así reaccionaría a toda realidad máxima, hasta la profundidad paradójica infinita. Siendo nosotros sólo un componente consecuente, pero necesario de ser, ya que el pensamiento así lo ejecuta y es. El asunto paralelo es su dorso que contempla lo contrario; es sólo la forma inerte, y el único sabido razonamiento está en el elemento humano. Nada más tiene intención de hacer o ejecutar. Es el humano espectador de sí mismo después de contemplar la naturaleza, y éste, como fábrica efectiva, pare lo pensable, que no es cualidad universal, sino todo lo contrario. ¡Pero estamos en lo impensable! Reaccionamos a él y nacimos de él. De hecho, somo éste en su máxima expresión, en su única expresión. Formados de pizcas precisas, que nos hacen posibles. Pero de piezas irracionales, sin el patrimonio del saber., sin facultad de entender. Y aún si estiramos la lógica y la enrevesamos hasta el confín y paradigma en que está todo, no habría por qué de que cobrase lo que nunca hubo en el momento primero, si es que hubo uno.

La naturaleza del mal está justamente allí, en ambas condiciones. ¿Cómo es que regeneramos pautas sobre la malevolencia o hay un malabar retórico que vuelve permutable lo absoluto si es que ese sentido es de naturaleza enteramente cabal? Y también, si es que es nacido de nuestro cacumen solamente ¿por qué permitimos tanto rigor a éste si es que está en un lugar que desafía lo congénito? Aunque es posible aseverar el pensar con la mano científica, es cierto que la ética es totalmente lo contrario en casos variopintos. Pero ¿existe forma real de caber la maldad en el plano natural? Si es, será para el resguardo biológico. Pero hay forma de ver maldad sobre lo irreprochablemente bueno. Es por eso que, si es que existe algo que presume maldad y está sobre algo que se dice ser de intención afable, existe forma de resolverlo, pero desde las entrañas. Así pues, no hay nada benévolo obrado desde una desdicha, aunque sea sólo la incomodidad más diminuta. Pues la voluntad, la hechura caprichosa que es el anhelo está inmiscuida para que exista ese mal. Igualmente es la holgazanería más peligrosa, pues el sondeo del bienestar más allá del íntimo es algo que debe ser pensado, con toda la naturalidad del humano y la precisión universal.

jueves, 29 de octubre de 2015

Como la piel de un durazno

Un fascinante y quebradizo esplendor llama a los párpados quietos, olvidadizos de todo aquello que tapan. Los ojos desnudos, estremecidos, vibrantes a la albura que proviene de una ventana sombreada por largas persianas oscilantes. Abierta ésta, inflama el cuarto con reconfortantes brisas, sin calor mas que la luz tersa que, como brillante pareja, acompaña. Paredes como de cera blanca, que arrancan el vistazo para después evitarlo, hincando todo el rostro en sí. Bien como neblina o vapores delgados hacen las sábanas apenas tapando. Y el bisbiseo de hojas que reemplazan la eterna orquesta de las mareas.
Sin darte cuenta has sobrevivido a la eternidad de la mente. Has despertado. En el mejor lugar.
Testigo eres del complicado cuadro del que eres librado siempre y sometido hasta el último hálito de vida. Cuando lo apreciable se hace ficción viciosa lograda por sombras reales que, de alguna forma, ya has apreciado. Pero, juguetonas, desafían la cordura de las cosas, y sin resistencia, te sometes a su malabar y atrevimiento. Y así te colocan, en un sostén de descanso, despertando. Con pliegos livianos que tapan y son tapados por la luz más clara y esponjada, como el borde del algodón. Ensabanado por esa delicada compostura con hechura anaranjada pálido, y un rosado diluido. Todo toma fulgor y pareciera que de ellos mismos se nace su luz. Así, todo ésto, susurra a tus pupilas encogidas, ingenuas de la parquedad insólita. Fascinante y quebradizo, desnudo y terso. Como la piel de un durazno.